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Un antes y un después.

En esta entrada pretendo mostrar evidencias de aprendizajes que he tenido desde que empecé a dar clases en la Universidad en el año 2007 hasta la fecha.

Antes:

Impartía exámenes teóricos que estaban diseñados para “quemar” (reprobar) estudiantes. Mis exámenes teóricos estaban preparados con muchos distractores y con preguntas y respuestas confusas que exigían de alto nivel de pensamiento. Esto llevaba a que el estudiante razonara profundamente cada pregunta, buscando “el truco” (o gancho, como le llamamos).

Después:

Ahora la mayoría de mis exámenes teóricos son para reforzar alguna lectura. He estado llevando la tendencia de permitir los exámenes con libros abiertos (o diapositivas abiertas) y cumplimentados grupalmente. En ocasiones tienen el objetivo de permitirles a los estudiantes sacar rápidamente conclusiones de una serie de páginas teorícas, y en otros casos la finalidad es permitirles reflexionar sobre qué tanto fundamento tienen para realizar las tareas que se avecinan. Normalmente les estoy dando la libertad de repetir la prueba en casa.

Antes:

Colocaba mucho texto en las diapositivas. Nunca he sido fanático de esta práctica, y siempre he sabido que es de mal gusto tener láminas sobrecargadas de texto, pero a lo que me refiero específicamente es que mis clases estaban más orientadas al desarrollo y explicación de las láminas y no en la realización de actividades y tareas que mantuvieran a los estudiantes ocupados trabajando en algún desempeño observable.

Después:

Coloco las diapositivas en el Entorno Virtual de Aprendizaje (EVA) para consulta, pero no las leo en las clases a menos que sea necesario para trabajar algún punto. Me enfoco más en qué competencia observable espero trabajar en los estudiantes y mediante qué actividad lo lograré. Les dejo la diapositiva para que la estudien en la casa o para que la utilicen como material de referencia recomendado por el profesor, pero no fuerzo a ningún estudiante a que la lea, sólo que preparo las actividades para que sea necesario dominar ciertos conceptos con el fin de demostrar alguna habilidad o destreza.

Antes:

Enfoque de aprendizaje conductista. Solía esperar que replicaran lo mismo que yo. Entendía que algo apropiado era solucionar un problema algorítmico de la misma forma que lo hacía yo, porque era la mejor. Falso.

Después:

A pesar de que aún tengo un gran reto con asignaturas muy técnicas como las de algoritmos o programación, defiendo más la postura de plantearles situaciones en las que en grupo puedan consensuar una solución y luego implementarla. También tengo este gran reto en cursos orientados al manejo de emergencias, en los cuales simplemente hay que conocer y dominar unas técnicas para salvar vidas que están estipuladas a nivel internacional; pero aún en estos casos tengo la posibilidad de, mediante la reflexión hacerles entender que otras técnicas tienen ciertas limitantes y defectos que son superados por otras que quiero dictar.

Aún mantengo una mezcla entre conductista y constructivista, dado que académicamente debo de tener unos requisitos mínimos sobre los cuales trabajar. Sin embargo, en el día a día me oriento por conseguir unas competencias, y trato de hacérselas descubrir en el desarrollo de ciertas actividades. Trato de limitarme y no decirles “la solución” de entrada.

Antes:

Tenía un concepto muy estricto de lo que es la evaluación. No sabía que evaluar le permitía al estudiante aprender. Pensaba que evaluar era esa fecha límite en la que si no tenías listo o no sabías lo que debía ser entonces reprobadas la asignación. Pensaba que la evaluación era innegociable y que el estudiante no tenía por qué formar parte en la toma de decisiones sobre cómo ser evaluado.

Después:

Entendí que la evaluación nace de los propósitos de aprendizaje, ya sean estos objetivos cognitivos o competencias. También comprendí que una evaluación es una oportunidad para mejorar aquello que presenta debilidad, y que se le debe dar esa oportunidad a los estudiantes; a esto le llamamos evaluación formativa, que es cuando vamos moldeando a los estudiantes de forma personalizada para que sean mejores. También, gracias a la Tecnología Educativa, entendí que si invito a los estudiantes a formular propuestas de técnicas o actividades de evaluación logro una mayor integración de ellos en la misma; al sentirse más identificados con ella se apropian y se comprometen más y mejor con su trabajo, ya que le ven el sentido del esfuerzo.

Antes:

Estaba muy claro en la figura autoritaria del profesor. Me aseguraba de hacer referencia a ello cuando fuere necesario y tenía una actitud de imposición bajo la línea de que “soy yo quien sabe qué es lo mejor que podemos hacer para llegar a los objetivos”. Cada vez que un estudiante tenía un problema, una excusa o una dificultad solía adoptar la postura de que “ese no es mi problema” o de que “yo hago mi trabajo y usted hace el suyo”.

Después:

He entendido que no existe el concepto de superioridad entre los seres humanos. Ver lo pequeños e insignificantes que somos todos, con nuestro pequeño planeta, en toda la galaxia y todo el universo me ha dejado entender que no hay nada de grandeza en llevar una actitud altanera o autoritaria, y que, al contrario, se causan resentimientos, ofensas, y no se puede llevar un sano estilo de vida con esta perspectiva, por lo que incluso por propia salud es imperativo uno llenarse de empatía y humildad. Me he convertido más en un amigo acompañante dentro del proceso, y ahora me presento en mis clases como “esta persona que ha tenido la oportunidad de preparar un escenario de aprendizaje y que por lo tanto es el idóneo para responder dudas y guiarles dentro de este proceso para salir exitosos”. He visto como el reflexionar sobre mi propia práctica me ha llevado a replantear mi papel y mi actitud frente a todo esto de aprender a ser mejores.

Antes:

Las actividades en clases que hacía eran limitadas a hacer exposiciones, entregar tareas y tomar exámenes. Ese era mi círculo, y todo lo demás si no servía para quitarle puntos a los estudiantes no tenía razón de ser. Lo más innovador que había hecho en mis primeros 3 años como docente fue llevarme a mis estudiantes de excursión por la naturaleza y hacer presentaciones de proyectos de videojuegos frente a la comunidad universitaria.

Después:

En cada semestre me doy el espacio de pensar en qué haré diferente a semestres anteriores. Cada ciclo tomo apuntes de aspectos por mejorar y reflexiono sobre ello al inicio de cada semestre. No le tengo miedo a “inventar” actividades nunca antes hechas, siempre y cuando me sirvan como medio para que mis estudiantes aprendan y sean más competentes.

Por ejemplo, he llegado a reemplazar sesiones teóricas aburridas por debates orales y por actividades de discusión y análisis en clases. He incorporado la modalidad “Aula Invertida” para realizar actividades en la clase que antes se asignaban como tareas, y dejar que estudien las teorías en sus casas mediante vídeos o lecturas. Responder en clases un cuestionario digno de debate, jugar un videojuego y expresar en plenaria la experiencia vivida, investigar sobre un tema en grupo y defender una postura y hacer dramatizaciones en clase sobre cómo vender un software a un cliente ficticio, son algunos de los ejemplos que puedo mencionar.


Es mucho lo que se puede cambiar a través del tiempo; pero leerlo o escucharlo y vivirlo son dos formas sumamente distintas de aprenderlo.

Miguel Moronta
Miguel Moronta
Profesor en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra - PUCMM, Oficial de la Defensa Civil y Consultor de las Naciones Unidas (Miembro UNDAC).

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